Gramática y homicidio, de Hernán Tejerina

Colaboración de Nicolás Jozami~ |

Hernán Tejerina: Gramática y homicidio.
La Creciente, 2005. Relatos.

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Una lupa incómoda

Desconozco el nivel de llegada y recepción que tuvo Gramática y homicidio, publicado en 2005 por editorial La Creciente. Con llegada me refiero a lecturas, refritos, debates, no a cantidad de ejemplares en la calle, que fueron, según lo indica el propio libro, unos doscientos.

Este librito de cuentos de Hernán Tejerina, a mi entender, no ha sido superado aún por su autor en sus producciones ficcionales posteriores. Gramática y homicidio conjura la literatura haciéndola entrechocar con la historia. Con una prosa evanescente, Tejerina construye cuentos que escarban en la médula de ciertas palabras: violencia, acción, desentendimiento. Da la sensación de que el autor cerró a tiempo cada relato (breves todos ellos) y decidió terminarlo en la disyuntiva planteada en casi todos: la confrontación de la acción con la teoría, la organización buscada y el azar, los destinos inmensos pero no registrados.

Considero que al menos dos o tres cuentos de este libro están escritos para ser masticados, para ponerlos en la mesa ocasional del debate. Cuentos como “Bajar”, el propio “Gramática y homicidio” o “El amigo de Darwin”, son diagnósticos sociales en permanente diálogo con migajas de la historia, que amplifican el horizonte de miradas sobre determinados hechos. Tejerina utiliza analogías distorsionantes, con efecto quizás no explícito, pero sí intencionado.

El libro está dividido en secciones: “Trans/histórico”, donde encontramos tres cuentos; “Intermezzo”, de seis textos, y “Post/histórico”, que incluye también tres relatos. En la primera sección se puede rastrear la aparición de personajes tan reales como ficticios y simulaciones o recreaciones de orden psicológico de dichos personajes. En el primer relato, “La evolución de las costillas”, hay disquisiciones sobre las Evas famosas, la bíblica, la mujer de Hitler, Eva Braun, y Eva Perón. Pero a la vez, los rasgos de esas mujeres son voces que lubrican y rodean las acciones de los hombres. Hay un juego histórico de recorridos significativos del pasado con un estilo no lejano al de Rivera, en el resaltado de peripecias morosas que avanzan con la modificación de una sola palabra o un tiempo verbal. Y eso es algo que se nota en todo el libro.

En el segundo texto, “La cura de Edipo”, hay una vuelta al origen, donde el simpático personaje vuelve al vientre femenino de una prostituta con la que ha tenido sexo. Y he ahí la fricción: abrir la noción psicológica del Edipo, para comprenderla, para desecharla, en el acto meramente sexual. En el último texto de esta primera sección, “El amigo de Darwin”, lo desopilante amplifica aquél hecho que no registran los manuales ni las enciclopedias. El texto narra la biografía oculta de un compañero del viajero inglés que decidió sacrificar por amor a una mujer su aparente posibilidad de encumbrarse como científico y pasar a la historia. El autor coloca la lupa en ese personaje que, en el barro de los hechos, en acción, desanda su humanidad hasta convertirse y pasar por los estadios biológicos, que son objeto de estudio del propio naturalista inglés. Ahí podemos decir que el hombre en acción es su propio instrumento de estudio, y que al actuar, se coloca como objeto de estudio para sí mismo. Ni más ni menos que uno de los postulados de la Historia como disciplina.

En la segunda sección, “Intermezzo”, hallamos textos parabólicos; un retrato de las sociedades modernas en “Per codere, donde el soliloquio interior de un joven, entre los videogames y la fama en su relación violenta con el medio, hacen recordar por momentos al vocinglero Holden Caulfield de Salinger. Otros textos de esta sección se mofan de la luz Descartiana y la divina, y se vuelve a poner la lupa en el rol de la pasión y lo racional intentando hallar su forma, sobre todo en el breve texto “Pienso, luego existo”. “Biografía de León” es una concepción o mirada cómica de la ligereza con que suceden los hechos. Tejerina se posa en elementos a veces descartados por desapercibidos, pero que hacen relucir el paso del tiempo. El epígrafe de este cuento es la instancia relevante, que por tal quizás el lector ocasional enlace al contenido del texto, aunque yo lo separo; es de Marguerite Duras, y dice “Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde”. El personaje vive rápidamente, su vida transcurre en escasa horas, pero la hondura del cuento está en deslindar, poner la lupa en los hechos que realiza el hombre y los que son realizados en él por el inexorable continuum temporal. La pregunta sería: pronto en mi vida fue demasiado tarde, pero ¿para qué demasiado tarde?

Finalmente, el texto primordial de esta parte, por su causticidad e ironía, es “El resucitado”. Es una confesión, un derrumbe que hace la literatura de la historia (esta palabra es religión en este libro de Tejerina) del cristianismo. Los sucesos, escasos, desacralizan la figura del enviado. El narrador, que es alguien que vive junto a Él, no hace concesiones, pero lo acertado del cuento es su convencida sorpresa ante lo sucedido. En un momento expresa: “Antes de marcharse [Jesucristo] nos dijo una mentira y una verdad. Nosotros no distinguimos una de otra”. La urdimbre de las anécdotas de Tejerina está poblada de ironías cuyo rigor literario las convierten en un examen político y en una postura.

En la última sección, “Post/histórico”, hallamos alegorías futuristas pero con la condensación precisa y la impronta kafkiana de textos como “La muralla china” y de El castillo. “Bajar, como se titula el primer cuento, recuerda intensamente a “La Biblioteca de Babel”; aunque aquí el personaje se cuestiona elementos y detalles de la construcción, y tiene el objetivo no tanto de admirar el prodigio, rebosante de asistentes, juristas y guardianes, sino el de alcanzar la base. Saber si la torre tiene una base. Y esa base que ansía el personaje puede ser una clave de lectura; el personaje reflexiona sobre los suicidios de los que se tiran de esa torre o construcción y desea saber si, en algún momento, caen unidos. De ahí que “Bajar es tanto un alegato metafórico sobre las excluyentes formas escogidas para la construcción de una sociedad, y a la vez un letargo indefinido y una liturgia política sobre las imposibilidades reales de la acción ante los inevitables obstáculos inmemoriales de nuestra historia.

El texto que sigue, “El buen arqueólogo, se lee como un reverso de “El amigo de Darwin”, y la unión de ambos textos está en ese involucramiento del hombre-personaje en su tiempo, en su trabajo, en sus convicciones. El arqueólogo de este cuento termina ovillándose y metiéndose en el hueco que él mismo cava para ser así un objeto de estudio para los demás colegas, que le tiran piedras. Nuevamente el reflejo de Tejerina: desde los hechos convertirse en un propio objeto de estudio, reflexionar desde la práctica, y la literatura que salda esa inquietud en una prosa escurridiza por momentos pero conducente de la idea. La toma de posición en el título, nos dice cuál o quién es para ese narrador, el “bueno” (en este caso, el buen arqueólogo).

Último cuento, el que le da nombre al libro. Otro reverso tal vez; la transmutación de la arquitectura infernal de la Babel espacial de “Bajar, en la soledad y la infamante semántica del lenguaje que desconcierta, desune y pulveriza a quienes pretenden comunicarse. Tejerina construye aquí una fábula ignominiosa sobre el destino al que conduce la disensión. El lenguaje, la transmisión de ideas y pensamientos, es el arma que socava y destruye las Castas, las Casas, las Sociedades. Hay lenguajes privados que se niegan a desaparecer y la lucha se realiza cuerpo a cuerpo. El narrador del cuento va configurando el estado de situación en ese lugar sórdido con naturalidad, y describe cómo la destrucción total tiene como objetivo la fundación de un nuevo Logos. Nombrar nuevamente para generar nuevos vínculos, nuevos pensamientos y relaciones. De allí que al matar y matarse, lo que le sacan a los muertos y lo colocan como trofeo sea la lengua (como elemento indispensable para la modulación de los sonidos), que silencia al adversario. En un párrafo leemos:

Cada Casa se avocó a la redacción de constituciones y al perfeccionamiento de los Consejos de Guerra y cada Consejo se dio a la tarea de alistar los fragmentos de antiguos ejércitos. Fue un tiempo pródigo en luchas. Las disputas eran azarosas y terminaban de modo abrupto. La hegemonía de una Casa sobre otra determinaba la aniquilación de la Casa vencida.

Podemos entrever en las disputas, en la beligerancia por imponer el propio discurso (Gramática y homicidio entendidos como Homicidio por la gramática) y el desarrollo de los eventos, en un estilo nuevamente admirador del profundo e incisivo Rivera, la alegoría política de todo el libro. La batalla de las ideas vehiculizadas en lenguaje, el Apocalipsis desde la resistencia por mantener una convicción.

La conclusión es desoladora, aunque instintivamente real. Cerca del final, el narrador expresa:

Ahora, a mi alrededor, pulula un mundo vigoroso y sanguíneo donde cada hombre tiene su lengua y cada lengua no es solo distinta de las demás sino que aspira a ser contrapuesta. Vivimos solos y cada mes reformulamos la gramática que rige nuestros monólogos.

Una visión histórica traída ¿del futuro?, que asume literariamente un rol alegórico para poner la lupa en ese músculo bucal tan preciso como aniquilador, que arma y desarma mundos con la complicidad siempre atenta de arengadores. En Gramática y homicidio no hay maniqueísmos; has postulados, hay literatura y cuestionamiento político en analogías amplificadas, hay sabor amargo pero ansiedad de alguna verdad compartida, en el hacer de los hombres. La lupa en la historia segrega en el autor una literatura mordaz pero interesada. El brillo de la anécdota se hunde en el cuestionamiento político sobre las formas, sobre los ejercicios de la acción social. Gramática y homicidio es un libro para entrenarse y desafiar convencimientos. Interpela, expone. Y eso de vez en cuando, además de estar bueno, es necesario.

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4 respuestas a Gramática y homicidio, de Hernán Tejerina

  1. Si hubiera o hubiese una nueva narrativa en este mundo cordobés debiera o debiesen estar este racimo de cuentos.

  2. Marcelo dijo:

    Habrá que leerlo.

  3. Tamarit dijo:

    Me llamó la atención el primer párrafo de esta crítica. Me acordé al toque de los (pocos) libritos de La Creciente que tuve oportunidad de leer. Recuerdo con cariño el de Paula Soruco, “Illinois” si mal no recuerdo, que en su momento me gustó. Y respondo al interrogante del redactor de la nota: poco y nada hablé de estas ediciones en general, y con muuuy poca gente, más allá de que me parecía re copado el sello. Me lamenté cuando me enteró de que La Creciente había dejado de operar. Busqué (apenas si en una librería) creo que el año pasado saldos de esas ediciones, nada encontré.Con respecto a la pregunta en sí, no leí este libro, no leí nada de Hernán Tejerina.

    Un poco eso: tengo un texto sobre un libro, no el libro mismo. Entonces me dedico a ver qué me parece el texto mismo. Y me interesa un poco, pero no me gusta. Me interesa: porque me informa, describiendo, analizando, reflexionando, citando, y, así, puedo colegir aquello a lo que se refiere. Pero no me gusta: no me parece el tipo de crítica más copado que pueda ser realizado; morigeremos: prefiero otro tipo de crítica, de comentario de libro, de “escritura” (disculpen): no tanto descriptiva, ordenadita, prolija, distanciada, digamos científica (en un sentido amplio), sino otra cosa.

    Aparte, un punto en especial: ¿por qué apuntar o recalcar los posibles efectos, deseados en todo caso por quien escribe la nota, sobre la sociedad, o al menos sobre el lector ocasional del libro? Pongamos que incluso ésa haya sido la intención o propuesta o hasta necesidad de Hernán Tejerina (incidir políticamente, sea lo que sea eso y se entienda como se entienda, en la sociedad -¿en Córdoba?-, en lo malo o choto o indeseable o nefasto o simplemente feúcho de la misma). Pongamos que eso haya querida Hernán Tejerina: ¿debemos obedecer, como lectores, a ello? No necesariamente.

    Entiendo. Si en algo la pega el párrafo anterior, es una opción, un posicionamiento (pongamos que teórico), ya no del autor del libro reseñado, sino del redactor de la nota. Vaya a saber. Puede que a este comentario se suceda otro que responda. Simplemente comento esto, y lo publico.

    Pero bueno: es una sola lectura de la nota, un enterarme de la existencia del libro y un no haberlo leído -todavía-. Esto me generó su lectura. Por ahí este comentario interese, o entretenga, y quizás hasta motive algún tipo de intercambio: cosa deseable. Escribirlo me hace, en lo que a mí respecta, fijar un poco en mí, alimentar, las ganas de conseguir el libro en cuestión: anotar mentalmente el nombre de su autor, y, llegado el caso de que vea el libro por ahí, comprarlo o pedirlo prestado.

    Más allá de tooodo esto, buenísimo el sitio. Valioso.

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