1027, de Eloísa Oliva

Eloísa Oliva: 1027.
Editorial Nudista, 2010. Poesía.

|

Conocí a Eloísa Oliva hace por lo menos ocho años, en momentos de recesión total y de un confuso entusiasmo. En esos años compartimos el grupo de redacción de una revista y había en todos un afán sostenido: de trabajo, de oficio y de posibilidad de rosca literaria, para los que tenían alguna experiencia, o de aprendizaje puro para los más chicos, entre los que me tocaba estar. En ese momento casi todos mirábamos hacia la prosa, periodística o de ficción. Algunos la pulían y otros la paríamos. Hoy en cambio elijo parir este primer comentario sobre un libro de poemas: el segundo de Oliva, editado por Nudista, sello cordobés de poco más de un año de existencia.

1027 vio la luz como primer título de poesía de la editorial, que lleva algo así como siete libros publicados en su corto e intenso recorrido. Por lo que pude deducir, Nudista sostiene entre sus políticas de trabajo una fuerte apelación a la figura de autor, representada por algunos elementos concretos: cada libro tiene a su autor o autora en la imagen de portada, así como cada uno tiene un prólogo introductorio y ofrece los datos biográficos tradicionales como una suerte de epílogo, escrito en primera persona, y bastante más extenso, llegando en algunos casos a ocupar dos o tres páginas. En el caso de 1027, la autora aparece en portada pero sólo con su silueta. No se la puede reconocer con claridad (es más, de no haber visto a otros autores en títulos posteriores, no hubiese podido afirmar siquiera esto). Pienso que esa intención, tensa en medio de la exposición sugerida, tiene que ver también con su escritura, concreta y sin adornos, más cercana a la potencia del laconismo que a una incontinencia verbal y poética.

En el prólogo, Victoria D’Antonio toca dos puntos importantes. Por un lado, dice que hay cosas que le suceden al hombre sólo cuando la naturaleza es su hábitat real: una gran verdad. Este libro parece regido por esa afirmación, e incluso Humus (2005), el primer poemario de Oliva editado por La Creciente, suscribe a esto desde el título mismo. Por otro, la prologuista dice que el estilo que muestra en 1027 se caracteriza por la presencia de lo suspendido y de lo eterno. El recorrido que nace de los primeros poemas (a pesar de que el libro comienza con una escena narrada), un recorrido que huele a momentos con pocos años de vida, me hizo pensar en la presencia de esos términos y en los lugares que ocupan.

Oliva recurre (desde cero) al recuerdo de pausas, movimientos y juegos concretos, como si aparecieran consignas o acciones mentales y corporales desde el lenguaje. Juntar piedras de una vía, por ejemplo: formas que la tierra tardó miles de años en tallar y que el hombre esparció por los caminos. A mí me tocó también juntar algunas de esas piedras, y mirar parte de esos lugares, en la misma estepa. En ese sentido, me es imposible separar estas líneas que escribo de los ambientes que se despegan de esos poemas: no sólo de los poemas iniciales, sino también de los “momentos dispersos para una autobiografía”, que alterna (justamente) escenas en la ciudad de Neuquén. Esos ambientes, comunes a mi propia infancia, discuten lo eterno. En el clima y el paisaje de la estepa patagónica, lo eterno parece ser un engaño en comparación con lo suspendido. Por eso elijo esa otra cualidad que marca D’Antonio en el prólogo. Es lo suspendido lo que baña de valor a este libro, en dos sentidos (por lo menos) que reconozco.

Por un lado, la suspensión del paisaje en la memoria viva; elementos en un tiempo indefinido (pero tiempo al fin) que se vuelven lenguaje recién en la palma de una niña jugando al costado de una vía árida, casi fuera de servicio, seca y resistente a cualquier ánimo. Uno puede pensar que está frente a algo eterno (donde no existe la posibilidad del tiempo) pero es el ambiente mismo lo que despliega el engaño: todo, allí, permanece en resistencia. Estas escenas, esos lugares, permanecen resistiendo algo, que no podría ser lo otro porque en lo eterno todo se aquieta: allí no se opone resistencia a nada. Y a su vez, brota en estos pensamientos el otro sentido de la suspensión en los poemas: el tiempo de la adultez. En el ser adulto no alcanza con matar la infancia y sus coletazos. Quizás el saberse así, ya un poco pasado, enseña que apenas puede suspendérsela, dejarla latiendo para poder convivir con uno mismo.

en el baldío de hojas quemadas
estoy lejos pero está
el cuadrado que era el patio, la parva
dorada que los álamos
nos entregaban en abril
y antes de que el fuego se coma este recuerdo
mis hermanos y yo trepamos hasta el muro
un salto y nos hundimos
en el colchón

nuestro aliento
tiembla en el aire, restos de escarcha
en la tarde de humo

Concretamente, me impactan las marcas que brotan de algunos versos. El volcán Lanín, las piedras, el recuerdo tan tangible de esta parva dorada que al quemarse (la gente, allá “lejos”, durante el frío, quema las parvas para limpiar el desierto…) fabrica el olor de un humo tan particular, la materia de esas tardes filosas donde, literalmente, no se sabe qué sentir (nadie, allá “lejos”, da permiso para ningún sentimiento en particular). Pero también hay otros paisajes, quizás pampeanos, que parecen relacionarse con tiempos más cercanos y tibios y húmedos: igual de suspendidos, igual de chatos en sentido geográfico, pero con una inminencia distinta, una medida de otro origen. Esos otros paisajes se encierran en un estado climático y espiritual: el verano. “llevamos el verano/ todavía en los pulmones/ una nube se demora y/ destruye/ cada sombra”; “la felicidad es esa gasa que cubre la noche/ y de la que ahora, en la crueldad de la luz, no queda rastro”; “Al fondo del patio, el gomero traspira/ las hojas se confunden con la noche, sacudidas/ por el aire de diciembre”. Recupero estos versos de poemas distintos a los que me refería antes, pero incluso en esos mismos “momentos dispersos para una biografía”, tan atados a la ciudad de la estepa, también hay “polen en el aire de una tarde de verano”. Y ni hablar del último, donde todo se hace explícito: “Es la deriva/ de un verano eternizado/ cuya escritura insistís/ en continuar”.

Con el verano no desaparece el recuerdo, pero sí aparece más unido al presente. La forma, sin embargo, sigue siendo coherente. Cambian los lugares, cambian las temperaturas de las escenas, pero en ningún momento cambia la forma de la contemplación, que siempre va más allá de la geografía. Pienso en el poema “homenaje”:

para llegar a casa cruzo el boulevard
hace días está cubierto de flores
húmedas que caen
de las tipas
tendido en un banco
un hombre joven duerme
pétalos amarillos
le llueven sobre el jean

O en esta serie de poemas de su libro anterior, Humus:

I
la ruta dividida por el blanco
cortada con la misma simetría
que los plátanos
en lucha tenaz con los insectos

II
se balancea el libro bajo el limpiaparabrisa
acá, allá
el trigo, un rastrojero
imagen desmontada que atraviesa
ventanilla, aguacero

III
en cada pueblo cementerios
manchados de humedad son las montañas
para esta llanura

Me interesa rescatar el estado de contemplación que se mantiene. Una contemplación registrada en una película de pocas asas, que parece no demasiado sensible pero que a su vez tiene la virtud de recoger retazos y detalles muy nítidos, finos en su suspensión. Oliva escribe, en el párrafo biográfico que cierra el libro, que cada fragmento de su historia está vinculado a una geografía, y que cada geografía a un estado de ánimo. Pienso entonces que el estado que rige esta escritura es un verano húmedo, silencioso, de esos en los que la inminencia ocupa sin fatalidad el espacio (el aire, la densidad: el verano es, en sí, la única estación que suele quedar suspendida). La escritura de 1027, e incluso del anterior Humus, podrían pensarse como una emulsión suspendida en el aire: gotas y gotas y gotas que no se terminan de mezclar del todo y que ahí están, como la memoria, en la pausa que ocupa el lugar entre el cielo y la tierra.

About these ads
Esta entrada fue publicada en 1027, Eloísa Oliva, Poesía. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a 1027, de Eloísa Oliva

  1. Pingback: Lecturas en Casa Maldoror | El pez volador

Los comentarios están cerrados.