El pasante de notario Murasaki Shikibu, de Mario Bellatin

Colaboración de Javier Mattio~ |

Mario Bellatin: El pasante de notario Murasaki Shikibu.
Postales Japonesas, 2011. Novela.

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No es fácil reseñar un libro de Mario Bellatin. Ante su anti-escritura, sólo cabría oponer una anti-reseña o directamente la ausencia de la misma. Pero el intento es válido, como lo es abordar cualquiera de sus textos como lector, aunque en ellos no haya profundidad ilusoria ni lógica causal ni literatura en un sentido “literario”, al menos en apariencia. Como en casi todas sus nouvelles, “El pasante de notario Murasaki Shikibu”, inédito local que publica Postales Japonesas en un mismo volumen junto al también faltante “La mona y el paciente” y el ya “clásico” “Canon perpetuo”, exhibe a un Bellatin en el estado más puro: artificialidad atemorizante, prosa microscópica y la simultaneidad de situaciones dispares más afines al terreno de los sueños que al de lo cotidiano, aunque en un sentido material, no alegórico, y de allí la consabida comparación con David Lynch, a esta altura opaca antes que esclarecedora.

Ya en las secuencias finales de Invernadero, el film de Gonzalo Castro que tiene a Bellatin como protagonista, se hacía explícita la singular relación de amistad-admiración entre el mexicano manco y su compatriota Margo Glantz, la consagrada escritora, a quien en ciertos textos menciona tanto a modo de cita o dedicatoria como a veces incluyéndola directamente en la trama. En “El pasante…” Glantz está presente de ambas maneras, como cita y personaje. Toda la historia, en realidad, parece ser una elaboración secreta erigida desde la observación y la presencia física de Bellatin en el estudio (“luminoso”) de Glantz, sobre cuya mesa se dejan ver los diarios de viajes de la autora, los que dispararán una infinita exploración en ascenso por las turístico-ancestrales Cuevas de Ajanta, caja de pandora mitológica que enhebra de manera subterránea los distintos espacios quebrados de la nouvelle.

Como siempre, bifurcaciones que no conducen a nada más que a sí mismas, indicios que no develarán un raciocinio oculto propio del policial ni sugerirán algún paranoico McGuffin pynchoniano. Como se decía en uno de los filmes de Lynch (y aquí sí es lícito citarlo), en los relatos de Bellatin “no hay banda”. Ni siquiera está instalada la duda, la sospecha. Es todo superficie. Avanzando por un hermético juego de significantes (que después sí se vuelven literatura, y de allí la legibilidad fascinante del relato), Bellatin teje una trama a partir de pasajes paralelos que nada tienen que ver entre sí, generando una distintiva sensación de absurdo cuasi-kafkiano.

Así, en “El pasante…” se entrelazan, además del punto de inicio ya mencionado, la triple mutación de Glantz en un parco notario y a la vez en un Golem que termina arrasando la ciudad símil película catástrofe y a la vez en Murasaki Shikibu, la autora del inconcluso clásico japonés Genji Monogatari; un extraño episodio sobre una mujer que intenta alimentar a la perra de Glantz a expensas de ésta, y el extravío del propio Bellatin en las Cuevas de Ajanta durante tres días, lapso en el que Glantz se ausenta para padecer sus desdoblamientos. La hazaña, como siempre, está en que el escritor mexicano fusiona estas aristas irreconciliables (que refieren en última instancia al judaísmo, a los milagros terrestres, a la magia y la amistad) en un único plano, una especie de decorado artificial y estático a lo Giorgio De Chirico, descripción sincrónica  de una imagen-tapiz que suplanta al consabido “desarrollo” temporal.

Procedimiento que proviene sin dudas del arte contemporáneo (no son gratuitas las anteriores referencias-homenaje de Bellatin a los dos exponentes más cabales de esa corriente: Marcel Duchamp en El gran vidrio y Joseph Beuys en Lecciones para una liebre muerta, libro de fragmentos y a la vez summa bellatiniana en la que se halla la semilla del relato de “El pasante…”); podría aventurarse que tanto el “milagro terrestre” que son las Cuevas de Ajanta, la luminosidad del estudio de Glantz y el ser aberrante y artificial que es el Golem sugieren una misma presencia metafísica, extra-literaria: la del mismo Bellatin, la de cada uno de sus libro-objetos, la de esa mano-cyborg que enfría y corrompe y endurece como una sombra lo que escribe su contraparte humana, resultando en esa prosa-revelación presente y trasnochada.

Entre el relato-máquina de Raymond Roussel, la impostura ancestral de Borges y el procedimiento post-humano del arte conceptual, Bellatin concibe una gran obra-cyborg (o Golem) hecha de injertos, de simbolismos materiales de la cual “El pasante…” es una  mini-pieza más. El volumen de Postales Japonesas se completa con “La mona y el paciente”, un relato aún más hermético pero similar a “El pasante…” en su entramado, y “Canon perpetuo”, publicado antes en Argentina por el sello Mansalva, en la antología breve Pájaro transparente.

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